Septiembre tiene algo de enero. Aunque el calendario diga otra cosa, para muchas personas supone un nuevo comienzo. Volvemos de las vacaciones con la sensación de que es momento de reorganizar prioridades, aprender algo nuevo o abordar proyectos que llevaban tiempo esperando. Y entre todos esos propósitos, hay uno que cada vez gana más importancia: empezar a invertir.
Sin embargo, para muchos jóvenes la inversión sigue pareciendo un territorio lejano. Algo reservado para expertos, para quienes tienen grandes patrimonios o para quienes entienden un lenguaje financiero complejo. Nada más lejos de la realidad.
Invertir no consiste en intentar adivinar qué mercado va a subir mañana ni en perseguir rentabilidades extraordinarias. Invertir es, sobre todo, dar tiempo a nuestros ahorros para que trabajen con nosotros. Es poner nuestro dinero al servicio de nuestros objetivos futuros.
Quizá la mejor pregunta para comenzar no sea cuánto dinero tengo para invertir, sino para qué quiero invertir. Un viaje, la entrada de una vivienda o simplemente construir una mayor tranquilidad financiera. Cuando existe un objetivo, cuándo hay un propósito, las decisiones resultan más sencillas.
La verdadera ventaja de los jóvenes no suele estar en el volumen de ahorro, sino en el tiempo. Y el tiempo es uno de los activos más valiosos en inversión. Empezar pronto permite beneficiarse del efecto de la capitalización, ese mecanismo mediante el cual los rendimientos generados vuelven a invertirse y continúan creciendo con el paso de los años.Por supuesto, invertir también implica asumir cierta incertidumbre. Los mercados suben y bajan. Por eso es importante comprender que invertir no es una carrera de velocidad, sino una carrera de fondo. La diversificación, la constancia y una visión de largo plazo suelen ser mejores compañeras que las modas o las decisiones impulsivas.
Para quienes se plantean dar sus primeros pasos, los Fondos de Inversión pueden ser una vía especialmente adecuada. Permiten acceder a una cartera diversificada de activos con importes reducidos, algo que sería difícil de conseguir de forma individual. Además, ofrecen gestión profesional, ya que un equipo especializado toma las decisiones de inversión y realiza un seguimiento continuo de los mercados. A ello se suma la posibilidad de elegir entre distintas estrategias en función del perfil de riesgo y el horizonte temporal de cada persona, facilitando que la inversión se adapte a los objetivos y circunstancias de cada inversor.
Quizá este septiembre no necesitemos proponernos cambiarlo todo. Tal vez baste con dar un primer paso.
La educación financiera consiste en adquirir hábitos que nos permitan tomar mejores decisiones. Y entre esos hábitos, invertir de forma periódica, diversificada y con visión de largo plazo puede ser uno de los más transformadores. Porque las grandes metas financieras rara vez se alcanzan de golpe. Se construyen paso a paso y quizá septiembre sea un buen momento para dar el primer paso.
Cristina Bartolomé, experta del Observatorio Inverco.


